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Home Cultura Lito/eral Mimesis/ Contar historias: contar al otro III

Mimesis/ Contar historias: contar al otro III

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 Pablo del Ángel Vidal/Tercera y última

 Contar historias: aspectos técnicos y estilísticos

Tocaré, de manera sintética, algunos aspectos técnicos y estilísticos alrededor de la creación de historias. Abordo aquí 7 puntos: 1) El tratamiento. Situaciones, antes que palabras.  2)    Los detalles. 3)    La compositio, categoría que la retórica antigua asignaba a la creación de un texto palabra por palabra, frase por frase. 4)    La dispositio, categoría que la retórica antigua asignaba a la estructura de un texto, a su armado global, al conjunto de párrafos o versos que generan un efecto poético determinado...

5)    La elipisis, definida como la economía de tiempo, el ahorro de escenas innecesarias, dentro de un relato.

6)    La metacognición: el darse cuenta cómo aprendemos. Entender nuestros propios procesos de aprendizaje.

7)    La reescritura y la relectura, como elemento indispensable del mejoramiento de nuestro estilo y de nuestras historias.

 

Sobre el tratamiento: antes que pensar en las palabras, debemos pensar en situaciones. Situaciones que bosquejan un mundo real (en el caso del periodismo) o un mundo posible (en el caso de la literatura). Si se tratara sólo del manejo de palabras para contar historias, pues bastaría ser un filólogo especializado, o un miembro erudito de la Real Academia de la Lengua. Pero hasta donde yo sé, ninguno de esos distinguidos sabios de diccionario han creado valiosas obras literarias o periodísticas. Es decir: conocer miles de palabras no garantiza la creación del Quijote, o de Ébano, el espléndido texto/crónica/reportaje sobre África de Riszard Kapuscinski. Quien tiene palabras, no necesariamente tiene historias.

Las palabras, pues, necesitan un tratamiento narrativo dentro del marco de una historia determinada. Por supuesto, teniendo la situación, bosquejando el conflicto dentro de un mundo real o ficticio, ayuda muchísimo tener a la mano un vocabulario extenso. Pero antes, siempre, está el tratamiento de la historia. El novelista francés Gustave Flaubert, quizás el más obsesivo y cuidadoso prosista de todos los tiempos, buscaba una palabra por semanas, la palabra precisa, única. Pero lo hacía después de proyectar una situación interesante en términos narrativos, no antes.

Por cierto, en poesía tal vez pasa al revés: primero es la palabra, por su sonoridad, por su ritmo y rima, y luego va la situación. Pero aquí no me ocupo de las técnicas expresivas de la poesía.

Sobre los detalles: creo que los grandes autores de la literatura y el periodismo se detectan por el manejo de detalles. Siempre me ha impactado la pericia narrativa en el desenlace de Gestarescala, novela del maestro de la ciencia ficción, el norteamericano Philip K. Dick. En el final de esa historia, un desdibujado terrícola, restaurador de vasijas de cerámica, que participó simbióticamente en un megaorganismo para rescatar una catedral hundida en el mar del planeta Gestarescala, rechaza la invitación a seguir siendo parte de ese megaorganismo (que podría dominar el universo). El restaurador, que no tiene a nadie en sentido afectivo, retorna a la tierra y se convierte en un creador de vasijas de cerámica (arte en extinción), a sugerencia de un simpático marcianito que no entendía cómo este terrícola outsider sólo reparaba y no creaba. Las últimas líneas describen el proceso del terrícola creando su primera vasija. Esta es la última frase de la novela: “La vasija era horrible”. ¿Qué tal ese detalle? Si la vasija hubiese sido hermosa, tendríamos un canto idílico a la libertad, como un final hollywoodense. Pero el maestro K. Dick prefiere recordar los problemas de la libertad, los dilemas de nuestra individualidad, al escribir: “La vasija era horrible”.                          

Un detalle en el manejo de la crónica periodística: Carlos Monsiváis, enviado en los años 70s a una asamblea nacional del PRI, tiene un problema monumental: ¿cómo decir algo nuevo de esa asamblea tan previsible? Acarreos, entrega de tortas y jugos a los acarreados, oradores con discursos larguísimos, todo igual, monotonía de los gestos. ¿Qué hace Monsiváis para escapar de esa estética de la aburrición? Colocado a un lado del presidium, por la parte de abajo, Monsiváis de pronto observa las piernas y los zapatos de los políticos, sus movimientos, sus tics, y elige para su crónica la descripción del presidium desde abajo: uno de los políticos no trae calcetines; dos de ellos, apretados, luchan por un espacio entre las sillas; otro no deja de mover la punta de su zapato. Con esa perspectiva, Monsiváis interpreta que la política mexicana se parece a ese presidium: lo que sucede por arriba de la mesa no es lo mismo que lo que ocurre por debajo. La tranquilidad del presidium visto por arriba contrasta con los movimientos de piernas que Monsiváis consigna abajo. El presidium cobra carácter metafórico, y un detalle en apariencia insignificante es elevado al rango de interpretación sociológica. Una lección del poder de los detalles en el periodismo.

Sobre la elipsis, un ejemplo literario extraído de un cuento de Antón Chejov, titulado Una bromita. En esa historia, una mujer y un hombre pasean por los fríos paisajes rusos. Llegan a una colina donde hay un trineo, se suben a él y descienden. Mientras descienden, con el viento azotando sus rostros, el hombre –colocado en la parte de atrás del trineo- susurra a la mujer: “Te amo, Tania”. Como el viento silba en los oídos de la mujer, ella no está segura de haber escuchado ese ‘te amo’, y el hombre no da señales de nada. Ella le pide volver a la colina y bajar otra vez en el trineo. Se repite entonces la misma situación, con el mismo resultado. Es importante para el relato que todo está contado en primera persona por el hombre que hace la broma. El nos cuenta que, al regreso de ese paseo, ella camina inquieta en su casa; esto lo ve él desde la suya, situada en la parte alta de un bosque. Desde ahí, él vuelve a gritar: “Te amo, Tania” y observa (sin ser observado) cómo ella escucha sus palabras que el viento proyecta en el bosque. Ella, que miró hacia la casa de él para no encontrarlo, finalmente entra en su casa, pensando quizás que otra vez el viento se burla de ella. Este relato podría terminar ahí, y creo que sería un buen relato. Pero aquí entra el genio de Chejov: hay una elipsis de muchos años, y el hombre nos dice que ahora es un hombre viejo y solo, y que ése es su recuerdo más triste. He ahí la elipsis aplicada con una maestría que a mí se me antoja insuperable.

Una pregunta que siempre debemos hacernos es: ¿cómo manejamos el tiempo dentro de nuestras historias? Transiciones, flash back, anticipaciones, reencuentros, aceleración, lentitud, contrapuntos. ¿Nos demoramos en acciones superficiales, o sólo en lo fundamental?, ¿cuándo aceleramos una historia, y cuándo la ralentizamos?, en el tiempo se encuentra otra llave creativa que debemos controlar con precisión de cirujano, si queremos interesar a quienes nos leen.                       

Sobre la metacognición (darse cuenta, saber cómo aprendemos): no hay muchas probabilidades de mejorar nuestro estilo, de evolucionar, de asimilar nuevos elementos académicos, si no practicamos una mirada analítica/reflexiva hacia nuestros procesos de aprendizaje. ¿Comprendemos cómo aprendemos? ¿Nos damos cuenta de los elementos que entran en juego? ¿Tenemos una mirada interior que nos permita reflexionar sobre los contenidos trnasmitidos por los medios, por los maestros, y que tratamos de aprehender? Lo que aquí llamo metacognición se ha discutido con brío en ambientes pedagógicos, y se ubica como un elemento de singular importancia en las modernas teorías psicológicas del aprendizaje, lo mismo que en teorías sobre comprensión del lenguaje. En un sentido elemental, la metacognición es la capacidad de estar alerta frente al mundo, y frente al conocimiento del mundo, a partir de una asimilación/internalización. La pregunta es, sin darle vueltas: ¿ejercemos esa capacidad con frecuencia?

Sobre la reescritura y la relectura, que para mí son la base de la metacognición literaria y periodística, dos citas ilustres: 1) Gullermo Cabrera Infante, escritor cubano ya fallecido, dice lo siguiente: “Yo comienzo a escribir, cuando reescribo”. No se puede ser más claro en cuanto a la importancia de la reescritura. Y 2) Jorge Luis Borges, siempre Borges, dice sobre la relectura: “Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído”. Sobran comentarios. La reescritura y la relectura permiten observar con lupa los detalles, y ya he dicho –y lo repito- que el manejo de los detalles hace la diferencia entre un buen escritor y un gran escritor. Revisitando textos, nuestros y de otros, detectamos por así decirlo las costuras de los relatos, la manera en que se ensamblan y cómo pueden funcionar mejor. Esto no elimina el goce: lo amplía. La sensibilidad se oxigena con la relectura y la reescritura.

 

IV

Coda: memoria versus olvido

Las cuestiones aquí tratadas, por supuesto, no son originales. Constituyen aspectos que, de una u otra manera, se repiten y se recuerdan a lo largo de nuestra vida profesional, si estamos involucrados en los ambientes universitarios de enseñanza y aprendizaje en el área de Ciencias Sociales. Compañeros que recuerdan y sugieren, alumnos que buscan por su cuenta una formación integral y preguntan por fuera de la clase, maestros que comparten sus conocimientos adquiridos con el correr de los años. Estas cuestiones diversas que abordan la escritura de historias, reales o ficticias, aparecen y desaparecen como lágrimas en la lluvia -diría Rugter Hauer en Blade Runner-. Están y no están: las conocemos, pero no las aplicamos.

Por ello, para preservar la memoria contra el olvido, este nuevo recordatorio, que implica a un tiempo el manejo de una técnica y una sensibilidad. Escritura y lectura son, a un tiempo, técnica y sensibilidad, una moneda de dos caras que sin embargo muchas veces sólo utilizamos por un lado. Ni la sensibilidad lo resuelve todo (‘La inspiración existe, pero cuida que te encuentre trabajando’, Pablo Picasso), ni la técnica es infalible (‘Quien no saber hacer nada, se dedica a enseñar’, Nietzsche).

En la combinación de técnica y sensibilidad, encuentro la justificación de este escrito.  

             

 

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